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La Gran Entrevista

Ximena Roldán Echegoyen: «Cuando se apagaron las luces del estudio, tuve que aprender a encenderme yo»

La exconductora del noticiero central habla de jubilación, de identidad y de la ansiedad que llegó cuando el teléfono dejó de sonar.

Portrait of a smiling Chilean woman in her sixties with short silver hair in a cozy living room
Nombre
Ximena Roldán Echegoyen
Edad
66 años
Trayectoria
Conductora del noticiero central de televisión durante 31 años
Hoy
Voluntaria, coordinadora de un taller de lectura en voz alta y hortelana aficionada
Introducción

Durante treinta y un años, miles de familias chilenas la recibieron en sus casas a la hora de la cena. Su voz ordenaba el día: lo importante, lo urgente, lo que había que saber antes de dormir. Ximena Roldán Echegoyen, 66 años, fue la conductora del noticiero central más seguido del país y, también, una mujer que cada tarde entraba a un estudio sabiendo exactamente quién era.

Hace catorce meses se despidió de la pantalla. La despedida fue serena, con flores y aplausos. Lo que vino después no lo fue: noches sin dormir, una ansiedad que no sabía nombrar y una pregunta que se repetía cada mañana: «¿y ahora, quién soy?».

Nos recibió en su casa, entre libros y una tetera siempre tibia, para conversar sin guion y sin cámaras. Lo que sigue es esa conversación completa, ordenada solo para facilitar la lectura.

La conversación

Ocho preguntas para volver a empezar

Pregunta 1Ximena, empecemos por el final. ¿Cómo fue su último día en el estudio?

Fue un día extrañamente normal, y eso fue lo más difícil. Llegué a la misma hora, me maquillaron las mismas manos de siempre, revisé los mismos papeles. Cuando se encendió la luz roja, dije mis últimas líneas con una voz que no parecía la mía; era la de una mujer que se estaba conteniendo para no quebrarse.

Después vinieron los abrazos, las flores, un video con mensajes de colegas. Yo sonreía y agradecía, pero por dentro pensaba: «mañana nadie me va a esperar en ninguna parte». Esa frase me acompañó todo el camino de vuelta a casa.

Pregunta 2¿Qué sintió al despertar al día siguiente?

Silencio. Un silencio que tenía peso. Durante treinta y un años me desperté con una agenda llena y un teléfono que no paraba. Ese primer lunes abrí los ojos a la misma hora, por pura costumbre, y me quedé sentada en la cama sin saber qué hacer con las manos.

Al principio creí que era descanso, y lo disfruté un tiempo. Pero el descanso se fue transformando en vacío. Me di cuenta de que mi día no tenía estructura y de que, sin estructura, mi cabeza empezaba a llenar los espacios con preocupaciones.

Pregunta 3¿Cuándo apareció la ansiedad?

Más o menos al segundo mes. Aparecía de madrugada, con el corazón apretado y la mente haciendo cuentas: la pensión de la AFP, los gastos de la casa, si todo alcanzaría para lo que yo quería hacer. Yo, que había explicado la economía del país en pantalla, no era capaz de ordenar mis propios números en la cabeza.

Pero la preocupación por el dinero era solo la superficie. Debajo había algo más hondo: el miedo a volverme invisible. Cuando a uno la reconocen en la calle, en la feria, en el supermercado, y de pronto ya no, se produce un pequeño duelo. Nadie te avisa de eso.

View of a hillside park above a city at early morning with a walking path
Las caminatas matinales por el cerro se volvieron el primer ancla de su nueva rutina.

Pregunta 4¿Qué hizo cuando comprendió que no podía sola con todo esto?

Pedí ayuda, que para mí fue más difícil que conducir una transmisión especial en vivo. Fui a ver a una psicóloga que me recomendó una amiga y, en la primera sesión, lloré largo rato sin poder decir una palabra. Ella me dijo algo que no he olvidado: «usted no perdió su trabajo; perdió un lugar donde sentía que importaba. Hay que construir otro».

También conversé con mi médico, porque el cuerpo estaba expresando lo que la cabeza no decía. Si hay algo que quisiera dejar claro es que pedir ayuda profesional no es una debilidad. Es una decisión inteligente.

«Mi identidad no estaba en el micrófono. Estaba en lo que yo hacía con lo que sabía y con lo que sentía».

Pregunta 5¿Quién es Ximena sin el micrófono?

Es una pregunta que me hice en voz alta, caminando por el cerro. Al principio no sabía responderla. Yo era «la conductora», y todo lo demás —hija, madre, esposa, amiga, lectora— había pasado a segundo plano.

Hice un ejercicio sencillo: escribí en un cuaderno todo lo que me gustaba hacer de niña y todo lo que había postergado por falta de tiempo. Aparecieron cosas insospechadas: cuidar plantas, leer en voz alta, conversar sin apuro con personas mayores. Entendí que mi identidad no estaba en el cargo; estaba en cómo me relaciono con el mundo, y eso no se jubila.

Pregunta 6¿Qué estrategias concretas le han ayudado a recuperar la calma?

Primero, una rutina. Suena simple, pero es lo más poderoso. Me levanto a la misma hora, desayuno sin pantallas, camino por el cerro en las mañanas y reservo las tardes para algo con sentido. Segundo, la respiración: cuando siento que la ansiedad sube, me siento, apoyo los pies en el suelo y respiro lento, contando.

Tercero, la compañía: me integré a un club de adulto mayor de mi comuna, donde a nadie le importa lo que yo hacía antes, y eso es un descanso enorme. Y cuarto, aprender a decir que no. Durante años dije que sí a todo. Hoy defiendo mis ratos de silencio como antes defendía mi horario de transmisión.

Small home vegetable garden with wooden planters and watering can in a backyard
El huerto del patio: «más derrotas que victorias, pero me río bastante».

Pregunta 7¿Cómo ha cambiado su vida cotidiana y su relación con la familia?

Para bien, aunque costó. Mi marido y yo pasamos de vernos en la noche a convivir todo el día, y hubo roces. Tuvimos que conversar con honestidad sobre los espacios de cada uno. Hoy tenemos nuestras horas juntos y nuestras horas propias, y eso nos hizo mucho bien.

Con mi hija, que vive en otra ciudad, nos llamamos más y mejor: antes le hablaba apurada, entre un compromiso y otro; ahora puedo escucharla de verdad. Y mis días tienen un orden que me gusta: coordino un taller de lectura en voz alta en un centro comunitario, acompaño como voluntaria a personas mayores que viven solas y cuido un huerto pequeño en el patio, con el que he tenido más derrotas que victorias, pero me río bastante.

Pregunta 8¿Qué le diría a una persona que está por jubilarse y siente miedo?

Que el miedo es normal y que no significa que algo ande mal con usted. Es la reacción natural de quien está por cerrar una etapa importante. Le diría que no espere al último día para pensar en el día siguiente: que empiece a explorar, de a poco, qué le gustaría hacer, a quién quiere ver, qué habilidades quiere seguir usando.

Y le diría que no se aísle. Cuente lo que le pasa a alguien de confianza. Y si la angustia le quita el sueño o las ganas, consulte con un profesional. Se puede vivir esta etapa con alegría, pero casi nunca se logra a la fuerza ni en soledad.

Reflexión final

También se puede aprender a ser principiante

Al despedirnos, Ximena nos acompañó hasta la puerta y nos mostró, orgullosa, una lechuga que por fin había salido bien. «Ve —dijo—, también se puede aprender a ser principiante». Esa frase resume buena parte de lo que nos dejó esta conversación.

Su relato recuerda que la jubilación no es solo un trámite de papeles, pensiones y fechas. Es una transición profunda en la que se mueven la identidad, la rutina, los vínculos y la manera de sentirse útil. Que aparezcan el miedo, la ansiedad o la tristeza no es una señal de fracaso, sino la prueba de que algo importante está cambiando.

Quizás la enseñanza más valiosa es que nadie tiene que recorrer ese camino a solas. Ordenar los días, volver a lo que nos hacía felices de niños, sumarse a una comunidad y, cuando hace falta, pedir ayuda profesional, son pasos pequeños que, juntos, devuelven la calma. Si hoy usted se encuentra frente a ese umbral, ojalá estas palabras le recuerden que hay vida, y mucha, después del último programa.

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